Casi nadie disfruta de la prenda de compresión. Aprieta, da calor y llega un momento —normalmente alrededor de la tercera o cuarta semana— en que la tentación de dejarla es muy fuerte. Conviene saber qué está haciendo antes de tomar esa decisión.
Qué función cumple
La compresión ayuda a controlar el edema, favorece que la piel se adapte a la nueva forma del contorno y da soporte a la zona intervenida mientras los tejidos se estabilizan. Es, en la práctica, parte del tratamiento y no un accesorio.
Cuánto tiempo hay que usarla
Lo indica tu cirujano, y varía bastante según el procedimiento. Lo que sí es común a casi todos los casos es que el periodo indicado suele ser más largo de lo que a la paciente le gustaría, y que abandonarla antes de tiempo es una de las decisiones que más se lamentan después.
Señales de que algo no va bien
Una prenda debe comprimir, no estrangular. Presta atención a:
- Marcas muy profundas que no desaparecen al retirarla.
- Hormigueo, adormecimiento o cambios de color en la piel.
- Dolor que aparece específicamente al ponértela.
- Costuras o bordes que se clavan siempre en el mismo punto.
Si notas algo de esto, coméntalo: puede ser cuestión de talla, de modelo o de colocación. Una prenda mal ajustada puede marcar el tejido justo donde no interesa.
Una faja dos tallas más pequeña no acelera resultados. Solo añade un problema nuevo al proceso.
Cuidado de la prenda
- Lávala a mano con jabón suave y déjala secar a la sombra.
- Ten una segunda prenda para poder rotarlas: el uso continuo desgasta la compresión.
- Reemplázala cuando notes que ha perdido firmeza, aunque parezca entera.
Y un detalle práctico: llévala puesta a tus sesiones. Ver cómo te queda y cómo marca ayuda a valorar si está cumpliendo su función.




